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jueves, 10 de noviembre de 2016

Impermanencias

Cada cosa se mueve a una velocidad determinada, con una cadencia, con un ritmo, en ciclos o en líneas, con un propósito o sin él... pero se mueven. En ocasiones, ni siquiera se desplazan y, sin embargo, nunca dejan de moverse. La rapidez o la lentitud con la que las cosas se mueven es siempre relativa, siempre relacionada con las velocidades del resto de las cosas que están a su alrededor, nunca permanentes, casi siempre cambiantes y siempre permutables por otras cosas. Y esta impermanencia (concepto con el que Buda afirmaba que "todas las cosas condicionadas son trasnsitorias") hace que la velocidad sea algo dependiente tan solo del tiempo.

Si observas, verás lo que se desarrolla ante tus ojos, contemplarás un momento concreto, un preciso instante en el que las cosas están y son de una manera. Pero parpadearás, y todo desaparecerá, o no. La permanencia de los seres, vivos o inertes, en momentos concretos, es incierta, y, como no podía ser de otra manera, depende tan solo de la velocidad a la que las cosas se mueven.

Las montañas se mueven. Son. Viven. Crecen o decrecen, cambian, y, al final, desaparecen (o desaparecerán algún día). Su ciclo tiene un ritmo imparable, implacable e inevitable, una cadencia constante y armoniosa que está sujeta a unas leyes que nuestra mente no comprenderá jamás, como tampoco entenderá que la montaña, algún día, acabará desapareciendo, dejando de ser montaña, pero sin dejar de ser.

Por eso, si las montañas, que son montañas, desaparecen, no te atrevas a decirme que tú nunca te irás.


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