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jueves, 27 de marzo de 2014

Complicidad

En astillero dos trabajadores están en la bodega de un inmenso carguero, a medio reparar una avería en el entre cuerpo del buque. No los puede ver nadie pues están entre las dos mamparas, así que se sientan, sacan unos bocadillos y desayunan. Antes de emprender de nuevo el trabajo, uno de ellos saca una baraja de cartas y propone una partida de mus...

Daniel.

Son las dos y el sol baña con generosidad el astillero donde uno de los grandes buques reales está siendo reparado a golpe de martillo. Corre el año 1870, y la Reina de los tristes destinos, huye del revuelo de las revoluciones nacionales a París, ciudad de un amor que se cobija bajo el manto del que sería vencido en Waterloo.

De nada de esto son conscientes los dos hombres que, ajenos a todo, trabajan duramente bajo el sol, reparando el enorme buque real en la atarazana. Uno de ellos es mayor, y la experiencia de la vida se refleja en las pequeñas arrugas que, progresivamente, van apareciendo en su rostro, con alguna que otra cicatriz que esconde recuerdos oscuros. El otro, sin embargo, no es más que un muchacho que acaba de ser arrojado a la vida de una patada.

Es la hora del almuerzo, y se cobijan bajo las sombras que la bodega les proporciona para así poder respirar profundo sin que el olor a sol y a calor embote una vez más sus sentidos.

Saben bien los bocadillos cuando están preparados con el amor de una mujer que espera en casa, trabajando duro por sacar una familia adelante. Él la ama demasiado, mucho más de lo que nadie fue amado alguna vez, y es recíproco, porque ella lo ama incluso más, si es que es posible.

Al muchacho también lo esperan en casa, pero su situación es muy diferente. Es él la única fuente de ingresos en su familia, unos ingresos poco generosos, si somos sinceros. Hijo de un padre alcohólico y de una promiscua mujer, con un batallón de hermanos a los que cuidar, alimentar y llevar a la escuela. Nadie conoce su situación, porque no le gusta que sus problemas sean del dominio público. Pero tiene la sensación cuando mira a al hombre sentado a su lado de que esos profundos ojos grises conocen hasta el más íntimo de sus secretos.

El muchacho mira con deleite el bocadillo que su compañero está comiendo lentamente, sin pausa pero sin prisa. Se le hace la boca agua, pero no dice nada.

El hombre, que sabe por lo que el muchacho está pasando, se mantiene en silencio mientras toma la mitad de su almuerzo y se lo entrega al chico. Los ojos de éste se iluminan de forma tan gratificante, que no lamenta ni por un segundo no poder disfrutar de su bocadillo completamente. Le da las gracias con un silencioso gesto, y toma lo que le ofrece con veneración… ¿cuántos días llevará sin comer?

Cuando terminan sus respectivos trozos de bocadillo, el hombre saca una baraja de cartas de su bolsillo y, alzando las cejas, la agita mirando al muchacho. Él comprende al instante, y asiente, sonriendo ligeramente. Una partida de mus después de comer es algo a lo que no se puede decir que no.

Se miran sin pronunciar palabra mientras juegan, aprendiendo más del silencio que de las voces en sus cabezas.

Cuando llega la hora de volver al trabajo, ambos se ponen manos a la obra, y los golpes del martillo vuelven a resonar por todo el astillero. Golpes que el muchacho jamás podrá oír.

Porque esta es la historia que se repetiría cada día desde entonces, hasta la muerte del buen hombre: la historia de un sabio mudo y de un joven sordo que compartían todo a través de la mirada, el camino más directo al corazón.