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lunes, 10 de febrero de 2014

Reflejos del pasado

La miraba atentamente. Ni siquiera parpadeaba, y su respiración era apenas audible.

Pocos metros había de separación entre las dos figuras en aquel solitario vagón de metro. 

Era jueves, y el sol se había puesto hacía ya rato. Sólo una pequeña cantidad de almas descarriadas que viajaban sin rumbo fijo eran testigos de aquel peculiar intercambio. 

La muchacha se sentía observada, pero prefería no investigar, por si se encontraba algo que no quisiera ver. Notaba una mirada que se clavaba en su rostro, como un millar de punzantes alfileres, pero no levantó la cabeza de su libro. Bien hecho.

La miraba atentamente, observando su tez clara, tersa y suave, su cuerpo esbelto y con curvas, tan jovial... ah, sí, un canto a la vida. Y esos ojos oscuros, impenetrables como la noche sin luna. Su cabello castaño estaba recogido en una larga trenza que caía por delante de su hombro, descansando arbitrariamente sobre su pecho. 

El vagón se detuvo, y la muchacha tomó sus cosas y salió. 

La observó traspasar las puertas, y miró a través del cristal, sin querer perder un último vistazo. Entonces, sus miradas se encontraron por una décima de segundo. Vio la juventud de su espíritu en sus ojos, y la observó un poco más, con una mirada que muchos habrían tachado de odiosa. Sólo unos pocos llegarían a comprender que no era sino envidia lo que esa mirada escondía.

Las puertas se cerraron, y su reflejo le devolvió la mirada en el cristal. Una cara con arrugas y con los ojos vidriosos por culpa de los años y el alcohol. Sólo un vago recuerdo de la mujer que solía ser muchos, muchos años atrás.

Richard Wilkinson

1 comentario:

Pau. dijo...

Cómo me gusta leerte, siempre tan bonito.
Por eso te he nominado a los premios Liebster Awards.
Pásate por mi blog si quieres enterarte de qué va la cosa.
Un besazo!