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martes, 14 de octubre de 2014

Horizontes I

Llegó como llegan las cosas que no estás esperando. Sin aparente prisa, pero de forma precipitada. Se cernió sobre el horizonte tapando todo lo demás, creando una nueva línea: mi propio horizonte. Y durante meses esa fue mi única referencia para con el mundo exterior, un falso horizonte en el que depositaba expectativas, sueños, ilusiones, e incluso alguna que otra duda que hacía las veces de bruma, emborronando el cielo, pero que no duraba más que unos segundos, pues el viento de la esperanza la despejaba rápidamente.

La vida tenía un poco más de sentido, los colores tomaban nuevos matices, la lluvia tenía un olor diferente, incluso entendía la letra de las canciones. El sol parecía brillar con más fuerza, y, de repente, no me preocupaba por tonterías, o eso pensaba yo.

Me sentía aceptada de una forma tan diferente que, cada vez que lo pensaba, algo se agitaba dentro de mí y notaba cómo mi corazón latía a su propio ritmo. No más deprisa. Tampoco más lento. Simplemente, a su ritmo. De hecho, ahora, al pensarlo, sigue sacando sus propias conclusiones, y se vuelve un poco más loco de lo que ya estaba. Pero tiene que tener cuidado y no jugar al azar con la vida, que ya es suficientemente libre como para darle más liberad. Siempre le digo que no debe permitir que ciertas emociones echen raíces por debajo de la piel, porque son como las malas hierbas, ocupan demasiado espacio, y son difíciles de arrancar. Pero me empiezo a dar cuenta de que no hay nada que le pueda decir para que entienda que hay partes de daños que no cubre el seguro… él piensa que no hay precio suficientemente caro como para decidirse a no tomar el riesgo.


Es por eso que vuelve a caer, y yo con él, en las delicias que prometía aquel nuevo horizonte que aún no se ha desdibujado del todo. Bastan unos segundos, unas palabras para volver a caer en la tentación de querer creer. Y una vez que has dado el primer paso hacia el agujero, la caída que te espera es larga e inevitable. A menos que la evites.



jueves, 27 de marzo de 2014

Complicidad

En astillero dos trabajadores están en la bodega de un inmenso carguero, a medio reparar una avería en el entre cuerpo del buque. No los puede ver nadie pues están entre las dos mamparas, así que se sientan, sacan unos bocadillos y desayunan. Antes de emprender de nuevo el trabajo, uno de ellos saca una baraja de cartas y propone una partida de mus...

Daniel.

Son las dos y el sol baña con generosidad el astillero donde uno de los grandes buques reales está siendo reparado a golpe de martillo. Corre el año 1870, y la Reina de los tristes destinos, huye del revuelo de las revoluciones nacionales a París, ciudad de un amor que se cobija bajo el manto del que sería vencido en Waterloo.

De nada de esto son conscientes los dos hombres que, ajenos a todo, trabajan duramente bajo el sol, reparando el enorme buque real en la atarazana. Uno de ellos es mayor, y la experiencia de la vida se refleja en las pequeñas arrugas que, progresivamente, van apareciendo en su rostro, con alguna que otra cicatriz que esconde recuerdos oscuros. El otro, sin embargo, no es más que un muchacho que acaba de ser arrojado a la vida de una patada.

Es la hora del almuerzo, y se cobijan bajo las sombras que la bodega les proporciona para así poder respirar profundo sin que el olor a sol y a calor embote una vez más sus sentidos.

Saben bien los bocadillos cuando están preparados con el amor de una mujer que espera en casa, trabajando duro por sacar una familia adelante. Él la ama demasiado, mucho más de lo que nadie fue amado alguna vez, y es recíproco, porque ella lo ama incluso más, si es que es posible.

Al muchacho también lo esperan en casa, pero su situación es muy diferente. Es él la única fuente de ingresos en su familia, unos ingresos poco generosos, si somos sinceros. Hijo de un padre alcohólico y de una promiscua mujer, con un batallón de hermanos a los que cuidar, alimentar y llevar a la escuela. Nadie conoce su situación, porque no le gusta que sus problemas sean del dominio público. Pero tiene la sensación cuando mira a al hombre sentado a su lado de que esos profundos ojos grises conocen hasta el más íntimo de sus secretos.

El muchacho mira con deleite el bocadillo que su compañero está comiendo lentamente, sin pausa pero sin prisa. Se le hace la boca agua, pero no dice nada.

El hombre, que sabe por lo que el muchacho está pasando, se mantiene en silencio mientras toma la mitad de su almuerzo y se lo entrega al chico. Los ojos de éste se iluminan de forma tan gratificante, que no lamenta ni por un segundo no poder disfrutar de su bocadillo completamente. Le da las gracias con un silencioso gesto, y toma lo que le ofrece con veneración… ¿cuántos días llevará sin comer?

Cuando terminan sus respectivos trozos de bocadillo, el hombre saca una baraja de cartas de su bolsillo y, alzando las cejas, la agita mirando al muchacho. Él comprende al instante, y asiente, sonriendo ligeramente. Una partida de mus después de comer es algo a lo que no se puede decir que no.

Se miran sin pronunciar palabra mientras juegan, aprendiendo más del silencio que de las voces en sus cabezas.

Cuando llega la hora de volver al trabajo, ambos se ponen manos a la obra, y los golpes del martillo vuelven a resonar por todo el astillero. Golpes que el muchacho jamás podrá oír.

Porque esta es la historia que se repetiría cada día desde entonces, hasta la muerte del buen hombre: la historia de un sabio mudo y de un joven sordo que compartían todo a través de la mirada, el camino más directo al corazón.



lunes, 10 de febrero de 2014

Reflejos del pasado

La miraba atentamente. Ni siquiera parpadeaba, y su respiración era apenas audible.

Pocos metros había de separación entre las dos figuras en aquel solitario vagón de metro. 

Era jueves, y el sol se había puesto hacía ya rato. Sólo una pequeña cantidad de almas descarriadas que viajaban sin rumbo fijo eran testigos de aquel peculiar intercambio. 

La muchacha se sentía observada, pero prefería no investigar, por si se encontraba algo que no quisiera ver. Notaba una mirada que se clavaba en su rostro, como un millar de punzantes alfileres, pero no levantó la cabeza de su libro. Bien hecho.

La miraba atentamente, observando su tez clara, tersa y suave, su cuerpo esbelto y con curvas, tan jovial... ah, sí, un canto a la vida. Y esos ojos oscuros, impenetrables como la noche sin luna. Su cabello castaño estaba recogido en una larga trenza que caía por delante de su hombro, descansando arbitrariamente sobre su pecho. 

El vagón se detuvo, y la muchacha tomó sus cosas y salió. 

La observó traspasar las puertas, y miró a través del cristal, sin querer perder un último vistazo. Entonces, sus miradas se encontraron por una décima de segundo. Vio la juventud de su espíritu en sus ojos, y la observó un poco más, con una mirada que muchos habrían tachado de odiosa. Sólo unos pocos llegarían a comprender que no era sino envidia lo que esa mirada escondía.

Las puertas se cerraron, y su reflejo le devolvió la mirada en el cristal. Una cara con arrugas y con los ojos vidriosos por culpa de los años y el alcohol. Sólo un vago recuerdo de la mujer que solía ser muchos, muchos años atrás.

Richard Wilkinson

martes, 7 de enero de 2014

¿Gloria?

Buscábamos la gloria a cada paso que dábamos. Cabeza alta, sin mirar atrás, evitando el contacto visual con cualquiera que no estuviera dispuesto a dar su vida por defender nuestra causa. No nos importaba el tiempo. Bien podía nevar, llover, granizar o el sol abrasarnos con sus potentes rayos… nada, absolutamente nada nos detenía.

Dejamos atrás tantas cosas que si nos parábamos a pensar en ellas, nos consumía la nostalgia como el fuego consume a su paso bosques y pueblos. Es por eso que nunca, nunca mirábamos atrás. Vivíamos con las consecuencias de nuestros actos como si fueran sólo una piedra más que llevar a la espalda, como si fueran un peso sin vida, sin alma, sin nada más que ofrecer. La culpa nos carcomía en ocasiones, pero todos los actos que nuestro corazón impulsaba eran siempre por una causa mayor, por un bien superior que merecía el dolor que conllevaba el proceso. Un dolor tórrido y frustrante que llamaba habitualmente a nuestras puertas para cobijarse del frío. Y como bravos guerreros que éramos, lo dejábamos entrar, cual damisela en apuros suplicando por ayuda.

La vida no tenía más sentido que la batalla, la luz no era más que la victoria, el amanecer no era otra cosa que el llanto del cielo por despertar otro día y tener que contemplar las atrocidades de este mundo de humanos codiciosos y corruptos.

La sangre era la recompensa por la lucha, una victoria color escarlata que tenía un gusto salado. Jamás nos cuestionábamos si lo que hacíamos estaba bien o mal, jamás permitíamos que las dudas penetraran en nuestras mentes, porque el poder de la duda es mayor que cualquier otro, y no teníamos fuerzas ni tiempo suficiente como para lidiar con ellas. En cambio, acatábamos las órdenes sin rechistar, sin cuestionar, sin objetar, sin pensar. Nuestras vidas estaban al servicio de alguien más importante que todos nosotros juntos, soldados guerreros sin derecho a opinar ni a hablar al menos que ese privilegio nos fuera consecuentemente concedido.


En eso se basaba nuestra mísera existencia, en vivir sin derecho a soñar.

¿Y qué es la vida sin sueños? Muerte, diría yo. 

La paz no se consigue si hay muerte en el camino.


soldier