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lunes, 10 de junio de 2013

La historia interminable

No tenía aún mis ideas demasiado claras cuando me subí a aquel pequeño barco de vapor. Mis padres me arrastraban hacia la rampa que conectaba el puerto con la cubierta, y yo me resistía ligeramente, pero al final lograron convencerme. El barco zarpó y yo era reacia a soltar sus manos. Personajes de lo más extraño me rodeaban: un mono imitamonos, un lápiz de una tal Rosalía, una chica llamada Quisicosas, un niño con un papá mago, una extraña que decía ser superfamosa

Poco a poco fui cogiendo confianza con ellos. Todos tenían unas historias extrañísimas que contar, y yo escuchaba con gusto. Muchos se convirtieron en mis amigos, e incluso a día de hoy conservo algunas de esas amistades.

Pasado el tiempo, el barquito llegó a una ciudad de lo más pintoresca. Nada más atracar, un chico llamado Nino Puzzle y su amiga Mila se me acercaron y me pidieron por favor que les ayudara a resolver el misterio que Kika, una chica un poco extravagante que decía que había perdido a su ratoncito de peluche, vital para ser la superbruja que afirmaba ser. Con ayuda del Capitán Calzoncillos y alguna que otra bruja más logramos encontrar al pequeño ratoncillo, que se escondía detrás de un melocotón gigante.

Un día, mientras paseaba tranquilamente, encontré en un banco un libro que captó mi atención. En la portada había un dibujo que representaba a dos serpientes enroscadas. Y fue en el momento en el que lo abrí cuando dio inicio esta historia interminable. De repente apareció surcando el cielo un enorme dragón blanco llamado Fujur que portaba a lomos a un chico que se hacía llamar Atreyu.

– Acompáñame – me dijo – . Necesito tu ayuda.

Yo monté sin dudarlo un instante, y emprendimos un vuelo hacia quién sabe dónde.

Y volando y volando llegamos a la tierra de los tres soles y las tres lunas, a la tierra de las serpientes voladoras, de los Nigromantes, de los dragones y de los unicornios. Llegamos a la tierra de los idhunitas. Pero nada más aterrizar, un ejército de vampiros brillantes nos atacó. Fue entonces cuando vi el crepúsculo de mi infancia y el amanecer de mi adolescencia. Durante esta batalla conocí a un chico con un corazón mecánico, le puse dos velas al diablo, me hice amiga de Marina, maté una y otra vez a los amantes de Shakespeare, y encontré un armario de madera de Baobab que contenía secretos inimaginables, como una varita de sauco y una capa de invisibilidad.

Después vino una luz blanca como la nieve, y un nuevo amanecer, rojo como la sangre.

Ocho veces jugué y perdí al ajedrez, ayudé en la construcción de una impresionante catedral cerca del mar de Barcelona, entre una espesa niebla hablé con un tal Unamuno que pretendía matarme, me compré un pijama de rayas, tuve que limpiar mi oxidada armadura y descifrar un par de códigos de tipos como Da Vinci. Subí a tres metros sobre el cielo con la ayuda de alguna que otra canción dedicada a Paula, hablé con cierta historiadora que me descubrió el nombre del viento, escuché un par de historias de cuervos y gatos negros, jugué a pasar hambre y casi me matan junto a diez negritos


Es, como ya he dicho, una historia inteminable. 

Por suerte, aún sigo en contacto con Fujur y Atreyu.