Páginas

domingo, 21 de abril de 2013

Al otro lado


Levanto lentamente mis párpados, pero pesan. Llevo aquí tambado demasiado tiempo.
Aun resuena en mi cabeza el sonido de la bala que me acertó en el costado.
Intento levantar mi mano, pero también pesa. Cuando al fin lo consigo, la llevo hacia la herida, y noto la sangre caliente manchando mi mano.
Entonces me doy cuenta de que me queda poco tiempo, por lo que me dedico a recordar para así olvidar el dolor que me invade.
Cierro de nuevo los ojos y me pierdo en los enrevesados rincones de mi mente…
Llegan a mí imágenes de mi hermana pequeña. Suspiro. Son tantas las veces que he discutido con ella… sólo ahora de doy cuenta de cuánto la quiero. La veo en sus clases de ballet, con esa graciosa sonrisa dibujada en su cara. De fondo se oye el suave sonido de un piano. El recuerdo de la melodía me hunde en una profunda melancolía. Si al menos hubiera podido decirle adiós…
Todo cambia, y aparecen en mi mente los recuerdos de mis padres. Ambos me miran y me sonríen. Son imágenes muy borrosas, pues murieron cuando yo era muy pequeño, nada más nacer mi hermanita. Aun así les recuerdo como uno de los mayores tesoros de mi vida.
Llega una nueva tanda de imágenes en las que yo soy ahora el protagonista. Pero tampoco son recientes. Se remontan a la etapa en la que estuve recibiendo clases de piano. Cuando veo la cara del viejo profesor con una mueca de desaprobación se me escapa una sonrisa. Rossini, si no recuerdo mal, se llamaba.
El dolor me saca de mi ensoñación. Me duele muchísimo. Pido por que todo esto acabe pronto mientras intento taponar la herida con mis últimas fuerzas, aunque todo es ya inútil. Entonces exhalo mi último aliento.
De repente el dolor cesa y se hace un silencio espectral. Una sensación asombrosa y extraña me recorre de arriba abajo.
Y entonces todo es distinto.
Ya no estoy dentro de mi cuerpo, si no que estoy flotando sobre él, lo veo desde otra perspectiva. Pero ya no respira. Es entonces cuando me doy cuenta de todo.
Me he muerto.
Intento llorar, pero no tengo ojos ni lágrimas. De hecho no tengo cuerpo. Soy literalmente invisible.
Pero tiene sus ventajas. Mi visión no está reducida a los ojos humanos. Ahora es mucho más amplia. Puedo verlo todo. Incluso la esencia de los seres vivos que me rodean. Me siento como si hubiera estado siempre ciego, es increíble que nunca hubiera reparado en la sencilla belleza de una flor, o en la gracia de los movimientos de un pajarillo.
Debería sentirme triste. Me acabo de morir. Pero es que estas nuevas sensaciones tampoco están tan mal. Me gustan.
Me dejo llevar por el sonido del viento. A lo lejos veo una corriente de colores. Me acerco poco a poco y, a medida que lo hago, puedo distinguir una corriente de almas, como yo.
Las hay de todos los tipos: grandes, cálidas, pequeñas, tímidas, pícaras, traviesas,… y por supuesto, de todos los colores, aunque sin duda alguna las más limpias y puras son las blancas.
Trato de averiguar mi aspecto, pero simplemente, no me encuentro.
Me acerco despacio a ellas y trato de contactar con alguna, pero parecen totalmente hipnotizadas por algo.
No tengo a dónde ir, así que me dejo llevar de nuevo y me arrastro junto a ellas.
Es entonces cuando la veo.
La Luz. Una Luz deslumbrante y hermosa.
Si las almas blancas me habían sorprendido nada tenía que ver con esto. Esta Luz si que era pura y limpia. Cuando me doy cuenta de lo que ocurre me invade la nostalgia. Este ya es el final. No quiero despedirme ya de este mundo. Es demasiado lo que dejo atrás.
Pero al darme la vuelta y mirar de nuevo al la Luz lo comprendo todo y la tristeza desaparece. Este es el destino de todo el mundo, y algún día me encontraré allí también con mi hermanita y con mis padres. Esto me anima un poco.
Veo a lo lejos mi cuerpo. Aun brota sangre de su costado, pero en mi cara hay una expresión de serenidad.
Según me acerco a la Luz, ésta me deslumbra más y más. Ya no siento la presencia del resto de las almas que me acompañan.
Entonces el tiempo se detiene.
Miro atrás y veo por última vez el mundo al que tanto debo, el mundo que me ha acogido durante estos veintidós últimos años.
Vuelvo a girarme y la contemplo de nuevo.
Me doy un último impulso y entro por ella.
Todo el sufrimiento, el dolor, la tristeza y la nostalgia desaparecen sin más. Ya estoy aquí, he cruzado al Otro Lado.
Sé que esto ha sido una dolorosa despedida, pero sólo ha sido el final del principio.
Aun me queda una gran aventura por delante.



No hay comentarios: