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jueves, 25 de abril de 2013

Despertar


Era esa suave brisa matinal la que me despertaba cada mañana.

Suave, muy suave... y dulce. Si pudiera paladearla, tendría ese sabor como a manzana caramelizada con un ligero toque de acidez.

Las sábanas, bien colocadas la noche anterior, ahora caían a ambos lados de la cama, dejando mi cuerpo desnudo al descubierto.

La luz de los primeros rayos del sol que despuntaban el alba se filtraba a través del gran ventanal de mi habitación. Al otro lado del cristal, una pequeña cala paradisíaca sólo para mí.

Subí los brazos por encima de la cabeza y me estiré hasta que solté un ronroneo de placer.

Después, me incorporé demasiado rápido, y el mundo me dio un par de vueltas antes de volver a colocarse en su sitio.

Cuando todo volvió a la normalidad, me levanté.

Mis pies descalzos se estremecieron ante el primer contacto con el frío suelo de madera barnizada, así que me dirigí hacia la ventana. El suelo estaba más caliente allí, y una sensación de cálida felicidad me inundó de pies a cabeza.

Tan sólo se oía el romper de las olas del mar contra la orilla, y el rumor de la ligera espuma subiendo y bajando al ritmo del mar.

Asomé mi cuerpo desnudo a través de la ventana, y la anaranjada calidez del sol se fundió con la brisa púrpura del mar. Cerré los ojos y respiré el aroma a libertad que reinaba en el ambiente, tan cálido, tan... especial.

Cuando entré de nuevo en la habitación, busqué mi bata de seda y me la puse, cubriendo así una parte de mi cuerpo.

Descalza, puse rumbo hacia la cocina. En el largo pasillo resonaba el eco de mis pasos, pum, pum, pum...

Una vez en la cocina, quedé deslumbrada por la lucidez que emitían las blanquísimas paredes al reflejar la claridad del nuevo día.

Saqué el café molido del armario sobre la encimera y lo abrí. Preparé una cafetera con un poco de agua y la puse al fuego. Mientras tanto, saqué la tostadora, la enchufé y metí un par de rebanadas de pan que habían sobrado de la cena del día anterior.

Cuando me dispuse a verter el aceite sobre las tostadas, inhalé el amargo aroma del café y quedé embriagada por éste. Inspiré con fuerza y las partículas de café que flotaban en el aire se introdujeron dentro de mí, embotándome los sentidos y paralizando mi cerebro. Cerré los ojos mientras respiraba y dejé que mi piel se bañara en el bálsamo de sol que entraba por la ventana de la cocina.

Luego, el crujir de las tostadas, el olor del aceite, el sonido del mar, la amargura del café, la sensación de un escalofrío por la espalda, y un largo, sonoro y placentero bostezo...

                       

Chicos de barrio


Amanece. Un año más, un día menos. Puede ser el último.

Cae la moneda. Gira tentando al azar y no sale cara. Nunca sale cara.

¿Mi edad? Ni yo lo sé. Es un dato irrelevante cuando estás al otro lado del dedo que acusa. Y si ese dedo aprieta el gatillo, estás jodido.

No voy al instituto, pues los libros no alimentan a una familia. Subo al coche y vuelo… el mundo te quiere rápido para que llegues a tiempo.

Me espera el hombre al que nunca has de esperar. ¿Lo tienes? Asiento y abro el maletero. Mi mercancía destrozará vidas, pero en las calles debes seguir la doctrina CTC. Cuida tu culo. Si no, estás muerto. Me enseñan el dinero y sellamos el pacto. Siento de repente un puñetazo en el estómago, y al instante siguiente estoy en el suelo. Mi mundo da vueltas. Oigo cómo sacan la droga y la cargan en su furgoneta. Pero soy rápido al sacar mi revólver del treinta y dos. Bum. Huyen todos, menos el muerto. Cojo el maletín que contiene la esperanza de vida para mi hermanita pequeña durante al menos un mes. No me molesto en esconder el cadáver. No saldrá en los periódicos. Somos, al fin y al cabo, chicos de barrio.


domingo, 21 de abril de 2013

Al otro lado


Levanto lentamente mis párpados, pero pesan. Llevo aquí tambado demasiado tiempo.
Aun resuena en mi cabeza el sonido de la bala que me acertó en el costado.
Intento levantar mi mano, pero también pesa. Cuando al fin lo consigo, la llevo hacia la herida, y noto la sangre caliente manchando mi mano.
Entonces me doy cuenta de que me queda poco tiempo, por lo que me dedico a recordar para así olvidar el dolor que me invade.
Cierro de nuevo los ojos y me pierdo en los enrevesados rincones de mi mente…
Llegan a mí imágenes de mi hermana pequeña. Suspiro. Son tantas las veces que he discutido con ella… sólo ahora de doy cuenta de cuánto la quiero. La veo en sus clases de ballet, con esa graciosa sonrisa dibujada en su cara. De fondo se oye el suave sonido de un piano. El recuerdo de la melodía me hunde en una profunda melancolía. Si al menos hubiera podido decirle adiós…
Todo cambia, y aparecen en mi mente los recuerdos de mis padres. Ambos me miran y me sonríen. Son imágenes muy borrosas, pues murieron cuando yo era muy pequeño, nada más nacer mi hermanita. Aun así les recuerdo como uno de los mayores tesoros de mi vida.
Llega una nueva tanda de imágenes en las que yo soy ahora el protagonista. Pero tampoco son recientes. Se remontan a la etapa en la que estuve recibiendo clases de piano. Cuando veo la cara del viejo profesor con una mueca de desaprobación se me escapa una sonrisa. Rossini, si no recuerdo mal, se llamaba.
El dolor me saca de mi ensoñación. Me duele muchísimo. Pido por que todo esto acabe pronto mientras intento taponar la herida con mis últimas fuerzas, aunque todo es ya inútil. Entonces exhalo mi último aliento.
De repente el dolor cesa y se hace un silencio espectral. Una sensación asombrosa y extraña me recorre de arriba abajo.
Y entonces todo es distinto.
Ya no estoy dentro de mi cuerpo, si no que estoy flotando sobre él, lo veo desde otra perspectiva. Pero ya no respira. Es entonces cuando me doy cuenta de todo.
Me he muerto.
Intento llorar, pero no tengo ojos ni lágrimas. De hecho no tengo cuerpo. Soy literalmente invisible.
Pero tiene sus ventajas. Mi visión no está reducida a los ojos humanos. Ahora es mucho más amplia. Puedo verlo todo. Incluso la esencia de los seres vivos que me rodean. Me siento como si hubiera estado siempre ciego, es increíble que nunca hubiera reparado en la sencilla belleza de una flor, o en la gracia de los movimientos de un pajarillo.
Debería sentirme triste. Me acabo de morir. Pero es que estas nuevas sensaciones tampoco están tan mal. Me gustan.
Me dejo llevar por el sonido del viento. A lo lejos veo una corriente de colores. Me acerco poco a poco y, a medida que lo hago, puedo distinguir una corriente de almas, como yo.
Las hay de todos los tipos: grandes, cálidas, pequeñas, tímidas, pícaras, traviesas,… y por supuesto, de todos los colores, aunque sin duda alguna las más limpias y puras son las blancas.
Trato de averiguar mi aspecto, pero simplemente, no me encuentro.
Me acerco despacio a ellas y trato de contactar con alguna, pero parecen totalmente hipnotizadas por algo.
No tengo a dónde ir, así que me dejo llevar de nuevo y me arrastro junto a ellas.
Es entonces cuando la veo.
La Luz. Una Luz deslumbrante y hermosa.
Si las almas blancas me habían sorprendido nada tenía que ver con esto. Esta Luz si que era pura y limpia. Cuando me doy cuenta de lo que ocurre me invade la nostalgia. Este ya es el final. No quiero despedirme ya de este mundo. Es demasiado lo que dejo atrás.
Pero al darme la vuelta y mirar de nuevo al la Luz lo comprendo todo y la tristeza desaparece. Este es el destino de todo el mundo, y algún día me encontraré allí también con mi hermanita y con mis padres. Esto me anima un poco.
Veo a lo lejos mi cuerpo. Aun brota sangre de su costado, pero en mi cara hay una expresión de serenidad.
Según me acerco a la Luz, ésta me deslumbra más y más. Ya no siento la presencia del resto de las almas que me acompañan.
Entonces el tiempo se detiene.
Miro atrás y veo por última vez el mundo al que tanto debo, el mundo que me ha acogido durante estos veintidós últimos años.
Vuelvo a girarme y la contemplo de nuevo.
Me doy un último impulso y entro por ella.
Todo el sufrimiento, el dolor, la tristeza y la nostalgia desaparecen sin más. Ya estoy aquí, he cruzado al Otro Lado.
Sé que esto ha sido una dolorosa despedida, pero sólo ha sido el final del principio.
Aun me queda una gran aventura por delante.



martes, 9 de abril de 2013

Lo que no tiene nombre, ni sentido

No se puede describir con palabras el eterno sentimiento sin nombre, sin sentido. “Llama mortal”, dijo el poeta. “Recuerdo de luz”, dijo el poeta. “Voz misteriosa”, dijo el poeta.

Pero, ¿qué es el poeta, sino un hombre que malgasta su vida en intentar atrapar lo incorpóreo, en intentar comprender lo que sólo el corazón alcanza a vislumbrar? Valiente e intrépido ladrón que roba las palabras al corazón mismo sin lograr en absoluto acercarse a la más débil verdad del eterno sentimiento sin nombre, sin sentido.

Reside en el lugar del que proviene la risa. Provoca dolor justo entre el pulmón y el corazón. Se respira por la piel, se saborea con los ojos, se siente con los labios, se conquista con la voz. Te atrapa y te envuelve con sus dulces palabras, y te vuelve loco hasta el punto de cometer locuras. Llega como una ola, intenso, cálido, inmenso, imparable,… e inevitable. No lo controlas, te controla. Es un oscuro manto teñido de estrellas blancas, pequeñas y luminosas que parpadean sin descanso, como el palpitante latido de un corazón sano.

Pero no te creas nada de lo que acabas de leer, pues es éste el eterno sentimiento sin nombre, sin sentido.

Y lo que no tiene nombre, no se puede describir con palabras.

Y aunque no tiene sentido, es sentido.

Y hay que sentirlo.