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sábado, 24 de diciembre de 2011

Las Palomas



El amargo sonido de la campana tiñó de rojo sangre la habitación.
Los corazones de cuantos allí había dejaron de latir, uniéndose así al dolor.
Un silencio sepulcral lo inundó todo. Rondaba por allí la angustia a sus anchas, de la mano del dolor.
Después, el llanto de las almas perdidas y olvidadas retumbó como el primer cañón de una batalla. A él se unieron miles más, formando un sonoro estruendo que dejaba sin aliento, cavando un profundo agujero en el pecho.
Yo observaba la escena desde una recóndita esquina. Decenas de personas se habían reunido allí para llorar la muerte de la hermosa joven que yacía ahora en su lecho. Era yo uno de los pocos desafortunados que habían presenciado su final.
Aun podía ver a la chica clavándose la daga en el corazón, con una amarga mueca alterando sus fracciones, una mueca de desesperación. Desconocía las causas que la habían llevado a tal extremo, todo el mundo las desconocía, pero sabía que tan trágica había sido su vida como su muerte.
Yo era un mero espectador de aquel injusto y cruel juego, su vida. Pero era, a mi pesar, el protagonista de la mía. Y nada podía hacer para evitarlo… ¿o sí?
El suicidio es una forma cobarde de acabar sólo para aquellas personas que son lo suficientemente valientes para hacerlo. Y yo no era una de esas personas.
Por eso admiraba tanto a aquella chica. Por fin había encontrado la paz, y ahora estaría en el lugar donde ella siempre quiso, con la gente a la que de veras amaba, en su paraíso particular.
Esa fue la razón por la que definitivamente me decidí a hacerlo.
Salí de la habitación y con paso ligero me encaminé en busca de un lugar tranquilo y aislado, donde nadie tuviera que presenciar lo que a punto estaba de ocurrir. Encontré una extensa explanada, alejada del núcleo principal del pueblo.
Aunque estaba alejada, me fui a un rincón donde no cupiera la posibilidad de encontrarme con nadie y allí...
Lo que ocurrió a continuación fue muy confuso, pero de repente, ya no estaba allí.
Estaba corriendo en un lugar soleado, luminoso y cálido, junto al mar. Me había despojado por fin de mis habituales ropajes negros, y mi daga de rubíes no estaba ahora sujeta al cinturón. Iba con un fresco pantalón blanco de una tela similar al lino, que ondeaba al contacto con el viento.
Sólo corría y corría, sin preocuparme de otra cosa que no fuera eso. El viento en mi cara, el sol bañando mi piel, la sangre fluyendo por mis venas…la verdadera libertad…
Luego alcé el vuelo, convirtiéndome en una paloma blanca.
Desde el cielo pude ver a la hermosa joven de la habitación. Llevaba puesta una túnica blanca, y el cabello dorado caía sobre sus hombros como una cascada. Sonreía.
Después, ella también alzó el vuelo en forma de paloma, y juntos volamos hasta convertirnos en pequeñas estrellas, descansando en la eternidad de un universo infinito.


Llevaban tiempo buscando al chico desaparecido unos días atrás, sin resultados. Era un chico alto y moreno, esbelto y con las fracciones altivas.
– ¡Aquí hay algo! – dijo un hombre de mediana edad señalando un punto alejado de donde él se encontraba. Había visto a lo lejos un bulto en el suelo, en un rincón apartado.
Otro hombre se acercó a él, y juntos se dirigieron hacia lo que parecía al cuerpo inerte de una persona.
Estaban solos en aquella aislada, tranquila y extensa explanada.
Cuando estuvieron lo bastante cerca como para distinguir lo que era,  descubrieron allí tendido a un chico vestido de negro. Alto, moreno, esbelto, fracciones altivas,... era él.
En su pecho a la altura del corazón, empuñada por ambas manos, había clavada una daga de rubíes.
Dos en menos de dos semanas. Qué desesperado estaba el mundo.
Pese al hecho de que ese joven muchacho había acabado con su propia vida, en su cara no había expresión de dolor o sufrimiento. Por el contrario, una sonrisa curvaba sus labios, dando a su rostro una inexplicable sensación de paz y felicidad.
Si, definitivamente, el mundo estaba loco.
El chico aún tenía los ojos medio abiertos, por lo que uno de los dos hombres se los cerró con cuidado. Al mismo tiempo, el otro miró al cielo justo para ver a dos palomas blancas alzando el vuelo suspendidas en un rayo de luz.

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