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domingo, 11 de septiembre de 2011

Salas de espera

Hoy voy a contar algo curioso y en parte divertido...voy a hablaros de las salas de espera, esas agobiantes habitaciones sin ventanas en las que puedes pasar horas y horas deseando que se abra la puerta del fondo y alguien pronuncie tu nombre para poder escapar.
Es algo curioso lo que ocurre en las salas de espera.
Sin ir más lejos, hace unas semanas estaba yo en la consulta del médico, esperando, claro, rodeada por una cantidad importante de seres de variopintas e interesantes cualidades.
Me encontraba en un rincón apartado, tratando de no aburrirme demasiado, pero como en las salas de espera el único entretenimiento que hay son las revistas del corazón, pues estaba más aburrida que un perejil. Así que me puse a observar a la gente.
Como ya he dicho, los especímenes en cuestión eran bastante variados.
Para comenzar, teníamos a una señora que rondaría los 50, con dos hijos (si es que eran sus hijos) de unos 10 u 11 años. Los dos niños se peleaban por jugar con el móvil de su madre mientras ésta charlaba tranquila y alegremente con una mujer latina que supuse sería la niñera de los niños. Por esta conversación me enteré de todo el verano de la mujer y de todo lo que habían hecho sus hijos durante las vacaciones.
En frente de mí había otra madre, más joven, con un niño de tal vez 7 años. Pero menudos siete años. No se estuvo quieto en todo el rato que estuvo allí, mientras que la madre, impasible, miraba atentamente su móvil como si fuera lo más interesante del mundo. Estos entraron en la consulta más o menos rápido.
En el rato que estaban dentro, llegó otra pareja. Las palabras del hombre a los cinco minutos de haberse sentado fueron estas: "No sé para qué coño pedimos hora. A la gente no le importa una mierda tu vida. Es un puto asco. Para qué pedir hora si luego nunca entras cuando toca, joder. Es una puta mierda."
Yo, que estaba con mis padres, les miraba y no sabíamos donde meternos.
Entre tanto, la mujer de los niños les había quitado el móvil y les había sentado a cada uno en un lado de la sala.
Luego estaba aquella señora de la esquina que no paraba de murmurar (no sé qué exactamente), y que me daba un poco de miedo. Iba vestida de un modo estrafalario...
En ese momento... "riiiiing-riiiiiing-riiiiiiiiiiiiiiiiiiiing". La mujer de los niños, claro.
Los carteles de silencio y de no móviles fueron violados en el momento en el que el sujeto descolgó el teléfono...
"¡¡HOLA!! ¿QUÉ TAL? SÍ, AQUÍ EN EL MÉDICO. MUY BIEN, YA ESTÁ EN CASA. AYER NOS DIMOS UN SUSTO...SÍ, PORQUE PARECÍA QUE ESTABA MEJOR, PERO DE REPENTE NO PODÍA RESPIRAR, NI HABLAR, DEJÓ DE COMER...SÍ, COMO TE DECÍA, QUE EMPEZÓ A EMPEORAR DE REPENTE, Y CLARO, NOS ASUSTAMOS. PERO RESULTÓ QUE LA CÁNULA QUE TENÍA LE APRETABA MUCHO Y CLARO, ESO ES MUY MOLESTO. PERO YA ESTÁ BIEN, NO ESTÁ INGRESADO NI NADA, Y ESTA MAÑANA HA SALIDO A DAR UN PASEO Y BIEN... OYE, LUEGO...SÍ, SÍ, AL CINE...¿CUAL? PROYECCIONES, VALE. ¿QUÉ PELÍCULA? LA DE LOS PINGÜINOS, DE ACUERDO. SÍ, LUEGO NOS VEMOS. ADIÓS, ADIÓS."
¡¡Casi llega la policía porque superaba el número permitido de decibelios!! Pero eso no es todo, pues a los cinco minutos, volvieron a llamarla, y a los cinco siguientes otra vez... total, que escuché la historia de la maldita cánula tres veces.
A todo esto, el hombre de en frente "me cago en la puta, yo me voy de aquí, menuda mierda, puto asco, joder", la estrafalaria del rincón murmurando, los niños discutiendo y yo con un dolor de cabeza increíble debido a mis pupilas dilatadas...
Porque, sí, tenía consulta con el oculista, no con el psiquiatra.

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