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miércoles, 31 de agosto de 2011

De vuelta a la rutina...

Aquí estamos otra vez, cansados de esa rutina que ni siquiera ha comenzado.

Verano, dulce verano, te echaremos de menos :(


lunes, 22 de agosto de 2011

El mar


El mar es... ¿cómo describir el mar? Simplemente, no se puede.
Cuando lo ves ante ti, imponente, respetable, se te antoja majestuoso.
Es aparentemente inaccesible, pero aún así, hay quien trata de domarlo, hay quien trata de hacerse dueño y señor de esa inmensa masa de agua salada.
Es entonces cuando el mar, indomable, se revela. Cuando el mar se enfada no hay quien sea capaz de detenerlo. Se alía con los dioses, y juntos desatan temibles tempestades. Mar, tierra y aire, unidos, más fuertes que nunca. Con sus indiscutibles arrebatos de poder, arrasan con todo cuanto interfiere en su camino, dejando a su paso poco más que “nada”.
Esa es la razón por la cual yo prefiero observar el mar desde otra perspectiva, respetando lo que es respetable, no tratando de domar lo que es indomable.
Prefiero sentarme en la arena, en la orilla, a sus pies, y hablar con él. Escucho el sonido de las olas al romper bajo la luz anaranjada del atardecer.
Y entonces, si él me da permiso, sólo entonces, me acerco y me mojo los pies con cuidado. Incluso si está de buen humor, me permite meterme hasta las rodillas. Nunca más. Nunca. No me lo merezco.
Amo y odio al mar.
Lo amo porque forma parte de mí. Lo odio porque no me deja formar parte de él.
Yo fui una vez un humilde marinero, pero cometí un grave error. El error más grande de mi desgraciada vida: intenté domar al mar, y se reveló contra mí.
Me venció.
Desde entonces, una parte de mi alma descansa en las profundidades del océano.
Yo intenté desafiar al mar, ser más fuerte que él. Y eso, es imposible.
Se me impuso un castigo injusto. No para mí, sino para mi mujer, la que pagó con su vida mi error, a la que el mar se llevó para saldar mi deuda, a la que el mar se llevó para siempre.
Para mí, ella es ahora el mar.
Y cuando yo también por fin muera y pueda acompañarla, me meceré con ella eternamente al ritmo de las olas.
Esta es la historia que cada tarde la cuento desde la orilla, y es lo que le convence para que me deje tocarla.
Tras contarle a ella, al mar, mi historia, su historia, hay veces que puedo oír cómo me contesta... “Te esperaré”.