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jueves, 10 de noviembre de 2016

Impermanencias

Cada cosa se mueve a una velocidad determinada, con una cadencia, con un ritmo, en ciclos o en líneas, con un propósito o sin él... pero se mueven. En ocasiones, ni siquiera se desplazan y, sin embargo, nunca dejan de moverse. La rapidez o la lentitud con la que las cosas se mueven es siempre relativa, siempre relacionada con las velocidades del resto de las cosas que están a su alrededor, nunca permanentes, casi siempre cambiantes y siempre permutables por otras cosas. Y esta impermanencia (concepto con el que Buda afirmaba que "todas las cosas condicionadas son trasnsitorias") hace que la velocidad sea algo dependiente tan solo del tiempo.

Si observas, verás lo que se desarrolla ante tus ojos, contemplarás un momento concreto, un preciso instante en el que las cosas están y son de una manera. Pero parpadearás, y todo desaparecerá, o no. La permanencia de los seres, vivos o inertes, en momentos concretos, es incierta, y, como no podía ser de otra manera, depende tan solo de la velocidad a la que las cosas se mueven.

Las montañas se mueven. Son. Viven. Crecen o decrecen, cambian, y, al final, desaparecen (o desaparecerán algún día). Su ciclo tiene un ritmo imparable, implacable e inevitable, una cadencia constante y armoniosa que está sujeta a unas leyes que nuestra mente no comprenderá jamás, como tampoco entenderá que la montaña, algún día, acabará desapareciendo, dejando de ser montaña, pero sin dejar de ser.

Por eso, si las montañas, que son montañas, desaparecen, no te atrevas a decirme que tú nunca te irás.


martes, 8 de septiembre de 2015

Tengo un sueño que no me deja dormir

Que la historia siempre pierde la memoria, ya se sabe.
Y también, que los estragos que la mente hace en la historia,
en la memoria
y en la imagen irrisoria de tus ojos avellana,
no son simples esperpentos ni olvidadizos cuentos.
Y en mi mente, por lo tanto, infinitas realidades se acumulan,
sin sentido, consentidas, dulzonas y un poco picantes.
Y sueño despierta con esa mirada inquietante (¿era avellana o almendra?),
con esa luz deslumbrante que ni es trampa ni es cartón.
Y es verdad que nunca acierto,
sin embargo, me divierto
y te convierto en historia,
aunque falle la memoria de esa imagen irrisoria,
la de tus ojos… ¿avellana o almendra?

domingo, 19 de abril de 2015

Horizontes II

Y sin esperarlo, otra vez, me ha vuelto a sorprender eso que no esperaba. De una forma diferente, quiero pensar. Pero, como siempre, con fuerza y de manera indómita, como una tormenta de verano.

He aprendido esta vez cómo va la cosa, lo que es real y lo que no.

Lo que está ahí de verdad, los que están ahí de verdad.

Y, bueno, quizá el famoso horizonte vuelve a cambiar de nuevo, pero, sin duda, sigue siendo el mío. 

Tal vez sea un poco más bonito de lo que era cuando lo miraba sola desde la ventana. Ahora, hay otro par de ojos que me descubren que en aquellas lejanas montañas que se ven al fondo, hay un pantano enorme en el que jamás había reparado. Y también me enseñan a ver todos esos barcos que navegan en el mar esperando a ser devorados por lo que hay más allá de la línea.

Las tardes de domingo han tomado un nuevo matiz dulce que me empaña los ojos. Y todos esos pensamientos en bucle que parecían no tener fin, se resuelven en sonrisa risueña y mirada perdida, como las balas que tuvimos que esquivar.


Y si alguna vez me pierdo, sólo miro al horizonte. Mi horizonte. El nuevo. El de siempre.

martes, 14 de octubre de 2014

Horizontes I

Llegó como llegan las cosas que no estás esperando. Sin aparente prisa, pero de forma precipitada. Se cernió sobre el horizonte tapando todo lo demás, creando una nueva línea: mi propio horizonte. Y durante meses esa fue mi única referencia para con el mundo exterior, un falso horizonte en el que depositaba expectativas, sueños, ilusiones, e incluso alguna que otra duda que hacía las veces de bruma, emborronando el cielo, pero que no duraba más que unos segundos, pues el viento de la esperanza la despejaba rápidamente.

La vida tenía un poco más de sentido, los colores tomaban nuevos matices, la lluvia tenía un olor diferente, incluso entendía la letra de las canciones. El sol parecía brillar con más fuerza, y, de repente, no me preocupaba por tonterías, o eso pensaba yo.

Me sentía aceptada de una forma tan diferente que, cada vez que lo pensaba, algo se agitaba dentro de mí y notaba cómo mi corazón latía a su propio ritmo. No más deprisa. Tampoco más lento. Simplemente, a su ritmo. De hecho, ahora, al pensarlo, sigue sacando sus propias conclusiones, y se vuelve un poco más loco de lo que ya estaba. Pero tiene que tener cuidado y no jugar al azar con la vida, que ya es suficientemente libre como para darle más liberad. Siempre le digo que no debe permitir que ciertas emociones echen raíces por debajo de la piel, porque son como las malas hierbas, ocupan demasiado espacio, y son difíciles de arrancar. Pero me empiezo a dar cuenta de que no hay nada que le pueda decir para que entienda que hay partes de daños que no cubre el seguro… él piensa que no hay precio suficientemente caro como para decidirse a no tomar el riesgo.


Es por eso que vuelve a caer, y yo con él, en las delicias que prometía aquel nuevo horizonte que aún no se ha desdibujado del todo. Bastan unos segundos, unas palabras para volver a caer en la tentación de querer creer. Y una vez que has dado el primer paso hacia el agujero, la caída que te espera es larga e inevitable. A menos que la evites.



jueves, 27 de marzo de 2014

Complicidad

En astillero dos trabajadores están en la bodega de un inmenso carguero, a medio reparar una avería en el entre cuerpo del buque. No los puede ver nadie pues están entre las dos mamparas, así que se sientan, sacan unos bocadillos y desayunan. Antes de emprender de nuevo el trabajo, uno de ellos saca una baraja de cartas y propone una partida de mus...

Daniel.

Son las dos y el sol baña con generosidad el astillero donde uno de los grandes buques reales está siendo reparado a golpe de martillo. Corre el año 1870, y la Reina de los tristes destinos, huye del revuelo de las revoluciones nacionales a París, ciudad de un amor que se cobija bajo el manto del que sería vencido en Waterloo.

De nada de esto son conscientes los dos hombres que, ajenos a todo, trabajan duramente bajo el sol, reparando el enorme buque real en la atarazana. Uno de ellos es mayor, y la experiencia de la vida se refleja en las pequeñas arrugas que, progresivamente, van apareciendo en su rostro, con alguna que otra cicatriz que esconde recuerdos oscuros. El otro, sin embargo, no es más que un muchacho que acaba de ser arrojado a la vida de una patada.

Es la hora del almuerzo, y se cobijan bajo las sombras que la bodega les proporciona para así poder respirar profundo sin que el olor a sol y a calor embote una vez más sus sentidos.

Saben bien los bocadillos cuando están preparados con el amor de una mujer que espera en casa, trabajando duro por sacar una familia adelante. Él la ama demasiado, mucho más de lo que nadie fue amado alguna vez, y es recíproco, porque ella lo ama incluso más, si es que es posible.

Al muchacho también lo esperan en casa, pero su situación es muy diferente. Es él la única fuente de ingresos en su familia, unos ingresos poco generosos, si somos sinceros. Hijo de un padre alcohólico y de una promiscua mujer, con un batallón de hermanos a los que cuidar, alimentar y llevar a la escuela. Nadie conoce su situación, porque no le gusta que sus problemas sean del dominio público. Pero tiene la sensación cuando mira a al hombre sentado a su lado de que esos profundos ojos grises conocen hasta el más íntimo de sus secretos.

El muchacho mira con deleite el bocadillo que su compañero está comiendo lentamente, sin pausa pero sin prisa. Se le hace la boca agua, pero no dice nada.

El hombre, que sabe por lo que el muchacho está pasando, se mantiene en silencio mientras toma la mitad de su almuerzo y se lo entrega al chico. Los ojos de éste se iluminan de forma tan gratificante, que no lamenta ni por un segundo no poder disfrutar de su bocadillo completamente. Le da las gracias con un silencioso gesto, y toma lo que le ofrece con veneración… ¿cuántos días llevará sin comer?

Cuando terminan sus respectivos trozos de bocadillo, el hombre saca una baraja de cartas de su bolsillo y, alzando las cejas, la agita mirando al muchacho. Él comprende al instante, y asiente, sonriendo ligeramente. Una partida de mus después de comer es algo a lo que no se puede decir que no.

Se miran sin pronunciar palabra mientras juegan, aprendiendo más del silencio que de las voces en sus cabezas.

Cuando llega la hora de volver al trabajo, ambos se ponen manos a la obra, y los golpes del martillo vuelven a resonar por todo el astillero. Golpes que el muchacho jamás podrá oír.

Porque esta es la historia que se repetiría cada día desde entonces, hasta la muerte del buen hombre: la historia de un sabio mudo y de un joven sordo que compartían todo a través de la mirada, el camino más directo al corazón.



lunes, 10 de febrero de 2014

Reflejos del pasado

La miraba atentamente. Ni siquiera parpadeaba, y su respiración era apenas audible.

Pocos metros había de separación entre las dos figuras en aquel solitario vagón de metro. 

Era jueves, y el sol se había puesto hacía ya rato. Sólo una pequeña cantidad de almas descarriadas que viajaban sin rumbo fijo eran testigos de aquel peculiar intercambio. 

La muchacha se sentía observada, pero prefería no investigar, por si se encontraba algo que no quisiera ver. Notaba una mirada que se clavaba en su rostro, como un millar de punzantes alfileres, pero no levantó la cabeza de su libro. Bien hecho.

La miraba atentamente, observando su tez clara, tersa y suave, su cuerpo esbelto y con curvas, tan jovial... ah, sí, un canto a la vida. Y esos ojos oscuros, impenetrables como la noche sin luna. Su cabello castaño estaba recogido en una larga trenza que caía por delante de su hombro, descansando arbitrariamente sobre su pecho. 

El vagón se detuvo, y la muchacha tomó sus cosas y salió. 

La observó traspasar las puertas, y miró a través del cristal, sin querer perder un último vistazo. Entonces, sus miradas se encontraron por una décima de segundo. Vio la juventud de su espíritu en sus ojos, y la observó un poco más, con una mirada que muchos habrían tachado de odiosa. Sólo unos pocos llegarían a comprender que no era sino envidia lo que esa mirada escondía.

Las puertas se cerraron, y su reflejo le devolvió la mirada en el cristal. Una cara con arrugas y con los ojos vidriosos por culpa de los años y el alcohol. Sólo un vago recuerdo de la mujer que solía ser muchos, muchos años atrás.

Richard Wilkinson

martes, 7 de enero de 2014

¿Gloria?

Buscábamos la gloria a cada paso que dábamos. Cabeza alta, sin mirar atrás, evitando el contacto visual con cualquiera que no estuviera dispuesto a dar su vida por defender nuestra causa. No nos importaba el tiempo. Bien podía nevar, llover, granizar o el sol abrasarnos con sus potentes rayos… nada, absolutamente nada nos detenía.

Dejamos atrás tantas cosas que si nos parábamos a pensar en ellas, nos consumía la nostalgia como el fuego consume a su paso bosques y pueblos. Es por eso que nunca, nunca mirábamos atrás. Vivíamos con las consecuencias de nuestros actos como si fueran sólo una piedra más que llevar a la espalda, como si fueran un peso sin vida, sin alma, sin nada más que ofrecer. La culpa nos carcomía en ocasiones, pero todos los actos que nuestro corazón impulsaba eran siempre por una causa mayor, por un bien superior que merecía el dolor que conllevaba el proceso. Un dolor tórrido y frustrante que llamaba habitualmente a nuestras puertas para cobijarse del frío. Y como bravos guerreros que éramos, lo dejábamos entrar, cual damisela en apuros suplicando por ayuda.

La vida no tenía más sentido que la batalla, la luz no era más que la victoria, el amanecer no era otra cosa que el llanto del cielo por despertar otro día y tener que contemplar las atrocidades de este mundo de humanos codiciosos y corruptos.

La sangre era la recompensa por la lucha, una victoria color escarlata que tenía un gusto salado. Jamás nos cuestionábamos si lo que hacíamos estaba bien o mal, jamás permitíamos que las dudas penetraran en nuestras mentes, porque el poder de la duda es mayor que cualquier otro, y no teníamos fuerzas ni tiempo suficiente como para lidiar con ellas. En cambio, acatábamos las órdenes sin rechistar, sin cuestionar, sin objetar, sin pensar. Nuestras vidas estaban al servicio de alguien más importante que todos nosotros juntos, soldados guerreros sin derecho a opinar ni a hablar al menos que ese privilegio nos fuera consecuentemente concedido.


En eso se basaba nuestra mísera existencia, en vivir sin derecho a soñar.

¿Y qué es la vida sin sueños? Muerte, diría yo. 

La paz no se consigue si hay muerte en el camino.


soldier




jueves, 26 de septiembre de 2013

Gracias

El descenso fue dulce, y me sedujo hasta el más profundo dolor.

No tenía nada que perder, aunque fue mucho lo que perdí.

El mundo me miraba de reojo a cada paso que daba, dejándome claro que la dirección que tomaba no era la correcta, provocando que todas y cada una de mis decisiones fueran cuestionadas por mi subconsciente, por mi mente traicionera.

Los sueños se nublaron hasta convertirse en falsas realidades de las que comencé a alimentarme como único sustento para fortalecerme ligeramente. Lo justo para poder sobrevivir un día más, un segundo más.

Las sendas que el destino había preparado para que me alejara de todo lo que un día me hizo bien, se tornaban cada vez más tortuosas y llenas de obstáculos insalvables que no hacían más que quitarme las ganas de vivir, o de morir, o de respirar. Hasta mi corazón estaba cansado de latir...

Y justo cuando estaba a punto de tomar la decisión de rendirme de una vez por todas, algo en el ambiente cambió y me hizo volver a la vida.

Inhalé, y un olor a lluvia inundó mis fosas nasales. Un olor que se mezclaba con un dulce regusto, como de caramelo de manzana y tabaco.

Eras tú, claro.

Y es por eso que hoy te escribo esto a ti. Para darte las gracias por salvarme la vida.


jueves, 12 de septiembre de 2013

Volar, y caer

A altas horas de la noche es necesario elevarse para estar a la altura... pero el mundo se te queda grande y sucumbes a la tentación del delirio.

Volar, y caer. 

Me dices que volverá, que volverá aquel tiempo que escapa del pasado y que llegará a ser real de nuevo. Que crecerá entre los campos de blancas margaritas la gota del elixir de la esperanza que tanta falta le hace al mundo en estos días de guerra sin sangre... o de sangre sin guerra, no lo tengo muy claro.

Pero me cuesta tanto creerte, amigo mío... me cuesta tanto volver a creer en la esperanza a las altas horas de esta noche sin luna en la que el delirio se ha apoderado de mí, que no sé cómo reaccionar a tus provocaciones.

Que a este paso el mundo nos devorará antes de que nos de tiempo a comérnoslo. 

Y sucumbiremos al delirio no sólo de noche, sino también a plena luz del sol, en nuestro camino a comprar el pan. El delirio nos asaltará y nos quitará todo lo que tenemos, obligándonos a caer en una espiral áurea tan infinita como el universo y las estrellas.

No podemos permitirlo, es imposible.

Im po si ble.

Una gran palabra. Inabarcable. Inconcebible. Insuperable. Imposible, a fin de cuentas.

Tan imposible como elevarse lo suficiente como para estar a la altura en la noche sin luna, a estas altas horas en las que sucumbimos al delirio y a la niebla de la mente.




lunes, 2 de septiembre de 2013

¿Quizás?

Da miedo lo desconocido de una manera preocupante. 

Es como saltar al abismo de la realidad en un instante, dejando en tierra todo lo que un día fue conocido y amado, todo lo que un día te acogió. 

Un mundo nuevo te abre ahora los brazos, pero la caída sigue siendo la misma. ¿Agua o rocas te reciben al final del acantilado?

No te queda otra opción más que saltar, así que... saltas.

Y empiezas a caer, y caer, y caer... y no ves el final, porque no sabes lo que te espera. El mundo, quizás. La vida, tal vez. La sensación de soñar con lo que siempre has anhelado, quizás. El dulce sabor en el paladar de saber alcanzada una meta, tal vez.

Da igual, asusta como la mierda de todas formas. Pero joder, no te queda otra, así que lo afrontas. Y esperas conocer gente que te comprenda y que comparta tus ideas y tus pasiones, pero sobre todo, esperas conocer a alguien que comparta tus miedos. 

¿Sientes la espada pendiendo de un hilo sobre tus sueños? Es angustioso, pero lo mejor es saltar de una vez por todas...

Salta, y descubrirás lo que te espera... ¿el mundo, quizás?